Ana Morales, TX

Critically Acclaimed Writer

Ana is a bilingual/Latino writer who enjoys landscape photography and reading non-fiction books and novels. Originally from Venezuela, she got a degree in Journalism from the University of Zulia (2010) and became a crime reporter. Afterward, she specialized as a multimedia journalist and wrote about smuggling along the border of Venezuela, along with community issues and education. Her articles gave her local recognition and, in 2014, she won a regional journalist’s award. In 2017, she moved to Texas and is currently incorporating into the freelance world.

Ana es una redactora latina y bilingüe que disfruta de la fotografía de paisajes, de la lectura de libros de no-ficción y novelas. Originaria de Venezuela, obtuvo su título en Periodismo, en la Universidad del Zulia (2010), y se convirtió en reportera de sucesos. Luego se especializó como periodista multimedia y escribió sobre contrabando en la frontera de Venezuela. También redactó sobre problemas comunitarios y educación. Sus artículos le dieron reconocimientos regionales y, en 2014, obtuvo un premio regional de periodistas. En 2017 se mudó a Texas y actualmente se está incorporando al mundo freelance donde aspira a escribir en su lengua materna.

As a Story Terrace writer, Ana interviews customers and turns their life stories into books. Get to know her better by reading her autobiographical anecdote below.

Nocturnal Adventurers

I recall the constant “click” of that camera, our infinite walk along the dark streets, and that unpleasant aroma of junk food, rotten cardboard, and garbage.

My friend Laura and I were 17 years old, and we decided to undertake a nightly journey in our hometown: Maracaibo, in Venezuela. It was our first year studying journalism and we just got assigned our first big project in photography. We wanted to be fearless photojournalists and, of course, get good grades.

When this adventure started, it was around 5:30 pm, and we were about 5 miles away from my house. With no money and no cellphones, we couldn’t call our parents to tell them about our location.

“Do we ask for a ride?”, I asked Laura when we saw the streets getting endless.

“We might get robbed or kidnapped. I don’t want to die today. I’d rather walk”, said Laura ironically.

We continued our march towards my home. We had to stop a few times because our feet started to hurt. All the while, we were looking front and back, just in case there was someone following us. People from my city know the real meaning of walking at night. If you try to go out for a walk, especially at dusk, you better make sure to leave all your possessions at home. You can get robbed and hurt for things like a nice pair of shoes or an expensive camera.

Despite that fear, we had fun. We took nice pictures that showed the nightlife. But as we kept walking, the night grew darker and the streets got lonelier. We found ourselves scared to the bone.

In the last avenue we had to cross, we became terrified: its sidewalks were infamous for the prostitutes and pimps that usually do their illegal business there. No police patrols on sight. Nothing.

We accelerated our march. Our hearts were thumping so fast and so hard that I swear, mine was going to burst out of my chest. After that last street challenge, at around 11:00 pm we finally got home.

On the porch of my house were my mom and my friend’s dad. They were so worried that I felt sorry about getting into that adventure.

In the end, it was worth the experience. Laura and I made a wonderful team. Our feet were swollen, but we got dazzling pictures and the best grade of the class.

Aventureras Nocturnas

Recuerdo el constante “click” de la cámara fotográfica, nuestro infinito paseo por las calles oscuras y ese olor desagradable de comida chatarra, cartón podrido y basura.

Mi amiga Laura y yo teníamos 17 años y decidimos emprender un viaje nocturno en nuestra ciudad natal: Maracaibo, en Venezuela. Era nuestro primer año como estudiantes de periodismo y nos habían asignado nuestro primer gran proyecto en fotografía. Queríamos ser fotoperiodistas de esas que no le temen a nada y, por supuesto, obtener buenas calificaciones.

La aventura por las carreteras empezó alrededor de las 5:00 pm. Estábamos a unas 5 millas de mi casa. Sin dinero y sin teléfonos, no podíamos llamar a nuestros padres para decirles sobre nuestra ubicación.

“¿Pedimos un ride?”, le pregunté a mi amiga al ver aquellas calles infinitas.

“Nos pueden robar o secuestrar. No quiero morir hoy. Prefiero caminar”, dijo Laura con ironía.

Así que continuamos nuestra marcha. Tuvimos que parar varias veces porque empezaban a dolernos los pies. También mirábamos hacia adelante y hacia atrás, por si acaso alguien nos seguía. La gente de mi ciudad sabe el verdadero significado de caminar por la noche. Si intentas salir a dar una vuelta, especialmente al atardecer, asegúrate de dejar tus pertenencias en casa. Te pueden robar o lastimar por un par de zapatos o una cámara costosa.

Pero debo admitirlo, a pesar de ese temor nos divertimos bastante. Tomamos buenas fotos que mostraban la vida nocturna de nuestra ciudad. Pero mientras seguíamos caminando, la noche se hizo más oscura y las calles más solitarias. Empezamos a asustarnos, a sentir pánico.

En la última avenida que cruzamos, nos aterrorizamos. Sus aceras son famosas porque las prostitutas y los proxenetas suelen hacer sus negocios ilegales allí. No hay patrullas policiales a la vista, nada.

Así que aceleramos nuestra marcha. Nuestros corazones estaban latiendo tan rápido y duro que juro, el mío iba a desgarrar mi pecho. Después de ese último desafío, alrededor de las 11:00 pm, finalmente llegamos a casa.

En el porche de mi vivienda estaban mi mamá y el papá de mi amiga. Estaban tan preocupados que me sentí apenada por meterme en esa andanza tan peligrosa.

Al final, a experiencia valió la pena. Laura y yo hicimos un equipo maravilloso. Nuestros pies estaban hinchados, pero teníamos fotografías deslumbrantes y obtuvimos la mejor calificación de la clase.

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